Vivir del arte no es solo crear. Es convivir con un runrún constante que se mete en la cabeza, en el pecho y hasta en las horas de sueño. Ser artista es maravilloso, sí, pero también es una batalla silenciosa que casi nunca se ve en redes.
Hay días en los que las ideas fluyen y te sientes invencible… y otros en los que te sientas frente a la mesa y no sale nada.
Bloqueo creativo: ese enemigo invisible que te hace dudar de todo, incluso de ti misma. Te preguntas si has perdido la chispa, si volverá, si alguna vez estuvo ahí o si simplemente tuviste suerte.
A eso se suma el síndrome del impostor, esa voz que te dice que no eres suficiente, que tu trabajo no vale, que cualquier día la gente se dará cuenta de que “solo estabas jugando a ser artista”. Y aunque sabes que no es verdad, duele igual.
Luego está la frustración y la impotencia de no poder plasmar lo que sientes. El miedo a que tu obra deje de gustar. El terror a que un día te despiertes y no haya inspiración, ni ideas, ni magia.
Y mientras todo eso pasa por dentro, por fuera eres autónoma: facturas, impuestos, papeleo, horarios imposibles, ferias, redes sociales, clientes, envíos, contabilidad, decisiones constantes. La exigencia de producir, de no parar, de no fallar. La presión de querer una vida económica estable cuando lo que te mueve no es el dinero, sino crear.
Hay noches de insomnio, de darle vueltas a todo: ¿y si no funciona?, ¿y si me quedo atrás?, ¿y si no llego? Hay días de agobio, de sentir que el tiempo no alcanza, que la cabeza va más rápido que las manos, que el cuerpo no sigue el ritmo de las ideas.
Pero también hay algo que sostiene todo esto: la pasión. Esa fuerza rara que te hace seguir incluso cuando estás cansada, rota o llena de dudas. La certeza de que, aunque duela, no sabrías vivir de otra manera. Porque crear no es solo tu trabajo: es tu forma de estar en el mundo.
Ser artista es vivir entre luces y sombras, entre orgullo y miedo. Y aun así, cada vez que terminas una pieza, cada vez que alguien sonríe al verla, cada vez que un niño la coge con ilusión o un adulto la guarda como un tesoro… recuerdas por qué empezaste.
Y entiendes que, aunque el runrún nunca se vaya, tú tampoco piensas irte.



